miércoles, 18 de septiembre de 2013

Leyendas de Madrid. La Casa del Duende.

 

Unos duendes peculiares

Madrid, ciudad milenaria preñada de historia y de historias que alguna vez ocurrieron y que allí quedaron, impregnadas en los muros de piedra de edificios recios y señoriales. Historias que con el tiempo se convirtieron en leyendas, mezclando realidad y ficción en esa nebulosa increíble de recuerdos de antaño que, en las noches frías, se confunde con la niebla de callejuelas oscuras,  apenas iluminadas por la macilenta luz de las farolas y quién sabe si por el fugaz resplandor de las sábanas de algún fantasma.

Conozcamos hoy una de las leyendas más curiosas y divertidas que se pueden encontrar en la capital española. La conocida como la leyenda de la Casa del Duende.
La Casa del Duende estaba situada entre las calles Duque de Liria, Mártires de Alcalá y la plaza Seminario de Nobles. Esta casa, al igual que otras muchas de la época, fue construida en las primeras décadas del siglo XVIII por orden del rey para ser arrendada a sus criados, lacayos y personal de confianza. La casa pasó por varias manos, hasta que fue alquilada por unos hombres que la utilizaban por las noches como centro de reunión para juegos y grandes apuestas de dinero.
Fue entonces cuando una noche se originó una discusión entre varios de ellos y de repente se abrió una puerta interior y apareció un hombre bajito muy barbudo que les impuso silencio. Al principio se callaron pues estaban todos desconcertados con la aparición de aquel duende misterioso, pero cuando terminaron de indagar quién podía ser y cómo podía haberse colado en la casa, como quiera que fuera la cosa volvieron a enzarzarse en la discusión que habían suspendido. Sin saber cómo ni de dónde salieron, media docena de enanos armados con garrotas se abalanzaron sobre los jugadores y los golpearon. Los hombres salieron huyendo y nunca más volvieron al lugar.
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Planos de la casa del Duende recogidos en un acta de la Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando
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Tiempo después, la casa fue comprada por doña Rosario de Benegas, marquesa de Hormazas, que se instaló en la segunda planta. Andaba la marquesa todavía con el traslado e intentando adecuar la decoración a sus gustos, cambiando cortinajes y demás detalles, cuando echó en falta un cortinón y una imagen del  Niño Jesús en su cuna que había traído de su anterior domicilio. Enfadada por el extravío, se encontraba la marquesa dando una buena reprimenda a sus sirvientes cuando, de forma sorpresiva, entró en la habitación un enano con la imagen del Niño Jesús en sus manos y, tras éste, cuatro enanos más portando el cortinón que le faltaba. La marquesa no tardó ni dos días en poner pies en polvorosa, poniendo la casa a la venta sin tan siquiera haber vivido en ella.
La casa quedó deshabitada durante un tiempo, como en otras ocasiones entre compra y compra hasta que se instaló en ella don Melchor de Avellaneda, un canónigo de Jaén. Un buen día, cuando escribía al obispo de su diócesis para pedirle cierto libro del padre Tineo que necesitaba para sus sermones, justo antes de rubricar la carta, levantó la vista y vio asombrado como ante él aparecía un enano vestido con un traje de monaguillo que portaba en sus manos el libro que en ese mismo momento estaba pidiendo al obispo.
En esta ocasión, en lugar de salir corriendo, don Melchor se dedicó a buscar y rebuscar el lugar por donde había venido y por donde había desaparecido el misterioso duende, pero la búsqueda fue infructuosa. El canónigo decidió obviar el hecho, pero pocos días después se disponía a dar misa en el convento de los Afligidos y necesitaba una vestimenta apropiada al día, ordenando a un paje que fuera a la casa a buscarla.  El paje, con la vestimenta bajo el brazo y cuando se disponía a cerrar la puerta de la casa para volver al convento, oyó en el interior una vocecilla curiosa que dijo: “No es ése el color de este día, vuelve a por los ornamentos que corresponden”. El paje se dio la vuelta lentamente y vio la figura de un enano burlón que rápidamente desapareció como el viento. Le contó lo ocurrido al clérigo jurando que no volvería a esa casa y don Melchor, parece ser que un tanto harto de tanto enano, decidió también abandonar el lugar.
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El canónigo cedió la casa a Jerónima Perrin, una lavandera que vivía en el piso de arriba, hasta que acabase el contrato de alquiler o hasta que encontrara un piso donde alojarse. Cierto, día la mujer sedisponía a lavar unas mantas propiedad de la marquesa de Valdecañas. Hecho esto, y como era costumbre en las orillas del Manzanares, dejó la ropa oreándose al sol y al viento. Se fue a casa a comer con la intención de volver más tarde a recoger la ropa, pero cuando estaba en casa se desató una terrible tormenta que le impidió salir a por ella. Mientras miraba por la ventana de la buhardilla imaginando el enfado de la marquesa, que necesitaba la ropa para esa misma noche y a la que se conocía por su mal carácter, escuchó un portazo en el portal de la casa. Al bajar, se encontró con tres enanos empapados que portaban una cesta enorme con toda la ropa. Se dice que la lavandera, que había escuchado ya todos los rumores sobre los pequeños duendes, abandonó la casa ese mismo día.
Las historias habían llegado al Santo Oficio, quizás por los aportes clérigo. Así que la Inquisición se puso manos a la obra con el ánimo de expulsar a los demonios del lugar.
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Ilustración del libro Madrid Viejo (Ricardo Sepúlveda; 1887), representando el exorcismo de la Casa del Duende.
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Se tomó declaración a varios testigos y se realizó una minuciosa búsqueda por todo el inmueble, hasta el último rincón, desde la cueva del sótano hasta la buhardilla que habitó la lavandera. Pero no se encontró nada ni a nadie. por ello comenzaron a pensar en espíritus diabólicos, y por orden inquisitorial, un día al atardecer, se presentó frente a la casa una comitiva religiosa presidida por el obispo de Segovia. Llevaban enormes velones, agua bendita y mucha sal. El obispo vertió sobre las paredes muchos litros de esta agua que él mismo había bendecido y muchos kilos de sal, y pronunció centenares de rezos y aleluyas con los que dio por concluido el supuesto exorcismo.
Según algunas versiones de la leyenda, los vecinos del pueblo se dirigieron a la casa con picos para derribarla; ésta, poco tiempo después, fue incendiada y cayó en el olvido. Pasaron muchos años, y, según se dice, las gentes de repente vieron abrirse una trampilla muy disimulada entre los escombros de la parte del sótano y cómo de ella salían nueve enanos, de los que se cuenta que eran falsificadores de moneda y que utilizaban la noche para salir a distribuirla.
Otra versión cuenta que, tras muchísimos años, la casa se derribó para construir el inmueble que hay hoy allí, y que los obreros, cuando llegaron a ala parte del sótano, del que desconocían su existencia, encontraron a nueve enanos demacrados entre un montón de máquinas para falsificar dinero. Según un acta de la Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando, que estudia la arquitectura del edificio, se asegura que la moneda que falsificaban en el edificio eran doblillas de oro del Brasil y que todo fue un montaje de estos pillos que se inventaron una farsa en la que involucraron a varios enanos para atemorizar a los inquilinos y que les dejasen falsificar en paz.
Fuese como fuese, no cabe duda de que esta es una de las leyendas de Madrid más rocambolescas que podemos encontrar, con enanos, la inquisición y hasta el mismísimo Fernando VI involucrados en ella.

Can Bogunyà: el pantano maldito de Terrassa.

 

La leyenda negra del Llac Petit

No sé a vosotros, pero a mí personalmente no hay cosa que me dé más canguele que un pantano pequeño, oscuro y silencioso en plena noche. Quizás sea un trauma infantil, cuando mi padre me llevaba de pesca nocturna  a un pantano cercano a mi pueblo y a las primeras de cambio se iba a dormir al coche… y allí me quedaba yo, caña de pescar en mano disfrutando de los sonidos de las alimañas nocturnas y de los azarosos chapoteos cercanos en aquellas negras y frías aguas. Y eso que en aquel pantano, a diferencia del que os mostramos hoy, no existía una larga lista de ahogados en extrañas circunstancias ni tampoco existía a escasos metros de distancia un viejo hospital abandonado con una de las leyendas negras más famosas del país.

 
Fotografía de Elisabet CM
El pantano en el que nos damos hoy un chapuzón se conoce como pantano de Can Bogunyà, o LLac Petit (Lago pequeño en castellano antiguo), y se encuentra a unos seiscientos metros del conocido Hospital del Torax de Terrassa, a unos veinte kilómetros de Barcelona. El pequeño lago fue construido a principios del siglo pasado por el dueño de la finca, posiblemente para tener una reserva de agua para el regadío de sus cosechas. La cosa es que las cosechas desaparecieron y el pequeño lago de apenas diez mil metros cúbicos quedó para uso y disfrute de ahogados, algunos naturales, otros no tanto…

El primer ahogado formal data de 1925, un tal Antolí Balbé, que inauguró el macabro ranking del lago. A partir de ahí, el goteo de fiambres es constante hasta la fecha. Con el paso de los años los fiambres que aparecen flotando en sus aguas van aumentando sin hacer distinciones de ningún tipo; desde niños y adolescentes que se ahogan porque sí, como los de toda la vida, hasta otros que aparecen maniatados y envueltos en lonas.
Pese a la cercanía del lago a una gran metrópolis como Barcelona, el lugar se encuentra bastante aislado del mundo, rodeado de bosques de pinos y barrancos. No es de extrañar que personajes un tanto oscuros lo tengan como lugar privilegiado para deshacerse de lo que les sobra, y entiéndase por igual en las sobras tanto cadáveres como vehículos de toda índole que según parece se amontonan en el fondo del pantano. Los más vagos ni tan siquiera llegan al lago, y dejan a los cadáveres en los barrancos de los aledaños, donde se han encontrado unos cuentos en los últimos años.
Con semejante currículum, no es de extrañar que los lugareños lo tengan como lugar maldito, aunque posiblemente se trate más de un tema de precaución ante los vivos que de miedo a los muertos, ya que lógicamente el lugar no está exento  de  rumores sobre apariciones espectrales, voces y lamentos y otras historias de índole paranormal.
Sobre este último aspecto, poco podemos comentar ya que no existen testimonios serios. Pero el que lo quiera comprobar no tiene más que acampar una noche junto al lago, y si el tiempo se pone malo no hay problema, a un tiro de piedra no hay que olvidar que está el Hospital del Tórax, donde uno puede resguardarse de las inclemencias del tiempo y pasar una noche de lo más tranquila y apacible.

Bestiario nocturno. Los perros negros, mitos y leyendas.


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Los perros malditos

Se pueden encontrar enormes y terroríficos perros negros, de mirada fiera y brillante, en el bestiario mitológico y folclórico de prácticamente todos los países y culturas. Desde tiempos inmemoriales, las leyendas sobre estos canes infernales han atormentado a mayores y a pequeños, llegando en algunos casos a traspasar la delgada línea del mito para convertirse en contundente realidad. Las víctimas de algunas de estas legendarias bestias, como en el caso de la bestia de Gévaudan, se pueden contar por decenas.

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Ilustración crédito

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Perros negros fantasmas

Estas criaturas forman parte del folclore de casi todos los condados ingleses y Bélgica cuenta con su propia versión. A pesar de que existen variantes regionales, la mayoría de los perros negros tienen el tamaño de terneros, sus ojos rojos son grandes como paltos y destacan por su pelaje enmarañado. Hacen su aparición en vías antiguas, cruces de caminos, cementerios y horcas, que son lugares asociados a supersticiones y acontecimientos misteriosos.
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Foto crédito
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Se dice que durante las tormentas eléctricas aparecen algunos perros negros. Una veleta de Bungay Market, en Suffolk, muestra la imagen de un perro negro conocido como Black Shuck, y un rayo. El domingo 4 de agosto de 1577, cuando la iglesia de Santa María se encontraba rebosante de feligreses, una terrible tormenta sacudió el edificio. De pronto un enorme perro negro iluminado por descargas eléctricas hizo su aparición en la iglesia y atacó con sus garras y dientes a un gran número de personas. La mayoría de los testigos consideró que la bestia era un demonio, un emisario del diablo.
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Ilustración crédito
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Barghest y Mauthe

En algunas poblaciones se cree que los perros negros auguran la muerte. Una de estas criaturas, llamada Barghest, aparece en localidades del norte de Inglaterra, en especial en Yorkshire. Se creía que quienes veían al animal con claridad morirían poco después, mientras que quienes sólo lo avistaban de lejos vivirían unos meses más antes de sucumbir.
Una criatura similar, llamada perro Mauthe, suele aparecer en el cuartel del castillo de Peel, en la isla de Man. Para probar su valentía, un soldado ebrio entró en una ocasión en el cuartel a solas, pero perdió el habla y murió tres días después.
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Kludde

El perro negro belga se llama Kludde. A pesar de que suele tener el aspecto de un perro gigantesco, también se manifiesta como un gato, una rana, un murciélago o un caballo. En todas sus formas puede ser identificado por las cadenas que se arrastran por el suelo y por la llama azul que brilla alrededor de su cabeza. El Kludde salta sobre la espalda de los viajeros y los ataca con sus dientes y garras.
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Cerbero

Cerbero, mítico ancestro de los perros negros del folclore europeo, es un monstruoso demonio que custodia la puerta del infierno en la mitología griega, asegurándose de que ninguna persona viva pueda acceder al mismo a la vez que guarda de que ningún espíritu consiga escapar.
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Bestia de Gévaudan

Algunas leyendas sobre perros negros se basan en acontecimientos reales. Entre 1764 y 1767, una misteriosa criatura similar a un lobo supuestamente atacó y mató a entre sesenta y cien personas en la zona del centro-sur francés. Llamada bestia de Gévaudan, la criatura era tan grande como una vaca, y tenía el pecho amplio, una cola larga terminada en un mechón de pelo, orejas grandes y puntiagudas y una boca enorme con colmillos salientes. Los habitantes de la zona creían que se trataba de un hombre lobo o una hechicera que había adoptado la forma de un monstruo para alimentarse de carne humana.
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El método de ataque de la bestia resultaba particularmente atemorizante. Solía centrarse en la cabeza de su víctima, que aplastaba o arrancaba. También parecía preferir presas humanas, en particular mujeres y niños, en lugar de animales de granja. A pesar de que el rey francés Luis XV envió a sus mejores cazadores de lobos a perseguir al animal, la bestia fue finalmente derrotada por un cazador de la zona, Jean Chastel, quien aseguró haber rezado y leído la Biblia antes de su triunfo.
(En realidad existen muchas contradicciones sobre esta historia, que prometo tratar algún día de forma más extensa y detallada)
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Otras leyendas

Sería imposible recopilar las numerosas y extensas leyendas sobre los perros negros o sus variantes, como el Striker, el Padfoot o el Hooter, así que tan solo os dejo un par de ellas, a los más curiosos e interesados seguro que no les cuesta mucho encontrar un buen número de ellas en la red.
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El perro negro de El Escorial y las Puertas del Infierno

Según la leyenda, durante la construcción del monasterio de San Lorenzo de El Escorial,(Madrid) un misterioso perro negro aterrorizaba a los obreros por las noches, obstaculizando las obras. Quizás el perro infernal protegía el lugar, pues se ha atribuido a El Escorial el ser una de las puertas del Infierno que se extienden por el mundo (otra de las cuales es la ciudad italiana de Turín); ésta fue una de las razones por las que Felipe II mandó construir el monasterio en este lugar: para mantener cerrada dicha puerta.
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El perro fue encontrado y se ordenó que se le ahorcase en una de las torres del monasterio, donde permaneció mucho tiempo.
Cuando Felipe II regresó definitivamente a El Escorial para morir, desde su lecho de muerte (acompañado de multitud de reliquias de santos), siguió oyendo los ladridos de ese perro infernal, que ya había sido sacrificado hacía años.
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El cadejo

Un cadejo es un animal legendario de la región mesoamericana extendida entre las zonas rurales e incluso urbanas de Centroamérica. Se dice que es un mítico perro (o dos perros) que generalmente se le aparece a quienes deambulan a altas horas de la noche y al cual se le atribuyen poderes misteriosos.
Representación de Cadejo.Las diferentes versiones de la leyenda en centroamérica describen a un cadejo blanco y uno negro (generalmente benigno y maligno respectivamente), o simplemente un solo cadejo negro (generalmente beningo). La leyenda del Cadejo es el vestigio de una antigua creencia que supone que todo humano posee un animal de compañía. Este mítico animal es el doble del hombre, de tal manera que la enfermedad o la muerte del primero conllevan la enfermedad o la muerte del segundo. En la actualidad, se puede establecer comparaciones de lo anterior con el pensamiento cristiano, que expresa que el hombre tiene un ángel guardián que lo protege de los peligros. La creencia supone la existencia de un animal compañero para cada hombre. Ese animal es el Cadejo blanco. También este personaje tiene su resonancia precolombina maya en un espectro bienechor guardián de los caminos.
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Dicho animal acompaña al hombre en todos sus viajes solitarios por la noche; y en la versión de dos cadejos, el blanco lo protege y lo defiende contra los malos espíritus encarnados en El Cadejo negro, color tenebroso que simboliza la muerte, o sea, el mal en todas sus manifestaciones.

Artabán, la leyenda del cuarto rey mago.

¿Los cuatro reyes magos?

El zigurat de Borsippa, con sus altos muros y siete pisos, era el punto de encuentro de los cuatro reyes e inicio de la travesía conjunta. Hacia allí acudía Artabán, con un diamante protector de la isla de Méroe, un pedazo de jaspe de Chipre, y un fulgurante rubí de las Sirtes como triple ofrenda al Niño Dios, cuando topó en su camino un viejo moribundo y desahuciado por bandidos: interrumpió el rey su viaje, curó sus heridas y le ofreció el diamante al viejo como capital para proseguir el camino. Llegado a Borsippa, sus compañeros de viaje habían partido.

Continuó en soledad en pos de su destino, pero arribado a Judea, no encontró ni a los Reyes ni al Redentor, sino hordas de soldados de Herodes degollando a recién nacidos: a uno de ellos, que con una mano sostenía a un niño y en la otra blandía afilada espada, ofrece el rubí destinado al Hijo de Dios a cambio de la vida del niño. En esta actitud es sorprendido: es apresado y encerrado bajo llave en el palacio de Jerusalén.
Treinta años duró el cautiverio, y fueron llegando ecos de los prodigios, consejos y promesas de un Mesías que no era sino el Rey de Reyes al que fue a adorar. Con la absolución y errando por las calles de Jerusalén, se anunció la crucifixión de Jesucristo; encamina sus pasos al Gólgota para ofrecer la adoración largamente postergada, cuando repara en un mercado en el que una hija es subastada para liquidar las deudas su padre. Artabán se apiada de ella, compra su libertad con el pedazo de jaspe, la última ofrenda que le quedaba es ofrecida y Jesucristo muere en la Cruz: tiembla la tierra, se abren los sepulcros, los muertos resucitan, se rasga el velo del templo y caen los muros. Una piedra golpea a Artabán y entre la inconsciencia y la ensoñación, se presenta una figura que le dice: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste”. Desorientado y exhausto pregunta: “¿Cuándo hice yo esas cosas?”, y con la misma expiración recibe la respuesta: “Lo que hiciste por tus hermanos, lo hiciste por mí”. Con él se elevó a los mismos cielos que en su juventud le guiaron en pos del Destino finalmente alcanzado.
En realidad, pese a que en algunos lugares se atribuye esta leyenda a antiguos textos, su origen es mucho más cercano y no tiene ninguna base bíblica. Artabán es un personaje ficticio protagonista del cuento navideño The Other Wise Man (El otro rey mago), escrito en 1896 por Henry van Dyke (1852 – 1933), teólogo presbiteriano estadounidense.
Cuenta el relato que Artabán era el cuarto Rey Mago que encaminó sus pasos hacia Occidente, siempre guiado por el fulgurante mapa celestial, en busca del niño Jesús.
El nombre “Artabán” proviene del persa y corresponde a cuatro reyes partos, así como a un hermano de Darío I y un general de Jerjes.


Arnold Paole, el vampiro de Medvedja


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Medvedja, Austria. Principios del siglo XVIII

Curtido en el campo de batalla, acostumbrado a matar y a ver morir, Paole era un hombre rudo, en cierto modo despiadado, pero que a estas alturas de su vida estaba cansado; hastiado de defender la tierra para que otros, en la corte, pudieran disfrutar de sus acomodos.
Además, las soldadesca que compartía infortunio con él en la trinchera, le había oído en más de una ocasión narrar una historia que no por sorprendente, en esos tiempos, dejaba de tomarse como cierta. Arnold Paole afirmaba que años atrás, cuando se ganaba la vida como soldado de fortuna, en una población llamada Gossowa sufrió el ataque de un supuesto vampiro. Él, consciente de su fortaleza y del horrendo futuro que le aguardaba de no poner remedio, optó por perseguir al temible ser, y una vez alacanzó su sepultura lo desenterró, le cercenó la cabeza y mezcló la sangre que fluía como manantial con la tierra que cubría la caja. Fue entonces cuando en una escena indescriptible, el hajduk comenzó a comerla, a devorarla con el ansia del que se sabe ante los últimos instantes de suexistencia; de que su alma, a partir de esa jornada, iniciaba un lento e imparable descenso hacia la oscuridad.
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Años después regresó a su patria con su particular cargamento de miseria, y durante un tiempo se dedicó a las labores del campo, olvidando los duros trances que le regaló el destino.
Una mañana, ya en 1726, se disponía a cargar el heno en un gran carro, cuando éste se desplazó cayendo a plomo sobre nuestro infortunado protagonista, causando tales destrozos en Paole que a éste no le quedó más remedio que morirse. Enterrado con pocas lágrimas en el cementerio de Medvedja, al cabo de tres semanas ocurrió lo que nadie hubiera deseado jamás. Primero una muerte; después otra… y así hasta un total de cuatro parroquianos que fenecieron entre fiebres y alucinaciones, no sin antes gritar que el causante de tanta penuria era un habitante de las tinieblas, que levantándose de su tumba cada madrugada les extraía la sangre, provocando un estado de anemia del que no pudieron escapar. Y su nombre era Arnold Paole, el hajduk enterrado días atrás.
Con los cuerpos aún calientes y esas palabras retumbando en la sien, las autoridades de la población dieron las pautas a seguir para desvelar tamaño enigma. Así pues, los gitanos atravesaron la puerta del camposante. La lluvia arreciaba, apagando el fuego purificador de las antorchas; invitando a los profanadores a que marcharan de allí, porque la oscuridad que vestía este campo de muertos iba más allá de los que se percibía a simple vista.
Protegidos por la sombra de la cruz, llegaron al sitio en el que yacía Paole. Con más miedo que firmeza empezaron a excavar, apartando las escorias. Y por fin tocaron madera. El silencio se apoderó del lugar, tan sólo roto por las gotas de lluvia y su monótono golpear contra las cruces retorcidas. Había que hacerlo, y así se hizo… Uno de los intergrantes de la siniestra comitiva abrió el ataúd, saliendo al instante despavorido del agujero. Porque allí, a  un par de metros bajo la tierra removida, se encontraba el cuerpo de Arnold Paole, con las uñas crecidas, barba de varios días y el rostro sonrosado, como si estuviera disfrutando de un plácido sueño.
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Los presentes llegaron a la conclusión de que se encontraban ante un vampiro, causante además de lo que, de no pararse, podía acabar siendo una pavorosa epidemia. De este modo, siguiendo protocolos nunca escritos, atravesaron su corazón con una estaca de fina punta, ante lo que el horrendo ser reaccionó convulsionándose salvajemente, intentando atrapar a los que sin pronunciar palabra contemplaban la escena, vertiendo sangre a mansalva como si fuera una gigantesca sanguijuela.
Después cortaron su cabeza y quemaron el cadáver, repitiendo a continuación la operación con las cuatro víctimas de Paole. Aparentemente había logrado acabar con el mal, atacando directamente a la raíz del mismo. Aparentemente…
El 7 de enero de 1732 los médicos militares, encabezados por Johannes Fluckinger, enfilaban el último tramo que les habría de llevar a Medvedja. Una vez allí se reunió con las autoridades del pueblo. La situación era peor de lo imaginado. Los terribles episodios de 1726 parecían retornar.
En la difícil misión le acompañaban dos oficiales: los tenientes coroneles Büttner y von Lindenfels, y dos expertos cirujanos militares: los doctores Siéguele y Baumgarten. Las informaciones que con cuentagotas habían llegado a la capital del imperio indicaban que sería necesario analizar varios cuerpos afectados por la misteriosa enfermedad. Y así, sin más dilación se pusieron manos de a la obra.
En apenas tres días habían fallecido 17 personas, y todo apuntaba a que de no dar con el causante de la masacre, en las próximas horas continuarían las muertes.
La escena se repitió una vez más: acompañados de varios gitanos y de las autoridades locales fueron abriendo, una a una, las tumbas de los atacados. Y en ellas hallaron cinco cuerpos en avanzado estado de descomposición, mientras que los doce restantes permanecían incorruptos, con la piel rosada y los órganos internos repletos de sangre sin coagular. A todas luces se trataba de vampiros, o al menso eso concluyeron a la luz de los candiles de aceite, ordenando a los gitanos que quemaran los cuerpos, previo desarrollo de los pasos sobradamente conocidos.

Meses después, el doctor Fluckinger dejó constancia de los desconcertantes sucesos en una obra ya clásica, en la que por primera vez se usó el término “vampiro” para designar a estas letales alimañas nocturnas. Su título: Visum et Repertum, que tras relatar todos los hechos relatados, concluía del siguiente modo:
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-          “Tras el examen, las cabezas de los vampiros fueron cortadas por los gitanos locales y después se quemaron junto a los cuerpos, tras lo cual las cenizas fueron arrojadas al río Morava. Los cuerpos descompuestos, sin embargo, fueron devueltos a sus sepulcros. Todo lo cual atestiguo junto con los médicos castrenses auxiliares que me fueron adjudicados (…). El abajo firmante atestigua que todo lo que como médico castrense del Honorable Regimiento Fursstenbusch ha observado en materia de vampiros, junto a los médicos castrenses que firman con él, es verídico y se ha realizado, observado y examinado en nuestra presencia. Para confirmalo estampamos nuestra firma de nuestro puño y letra.”
Belgrado, 26 de enero de 1732.
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Personajes de la mitología. Hermafrodito.

 

El abrazo de Salmacis

En general, se da el nombre de hermafroditos a todos los seres que tienen doble naturaleza, masculina y femenina. De modo particular, los mitógrafos conocen con este nombre a un hijo de Afrodita y Hermes, del cual contaban la siguiente leyenda:

Hermafrodito, cuyo nombre recordaba a la vez los de su madre y su padre, había sido criado por las ninfas en los bosques del Ida de Frigia. Estaba dotado de gran belleza, y a los quince años se lanzó a correr mundo y viajó por el Asia Menor. Encontrándose en Caria llegó un día a los márgenes de un lago de maravillosa hermosura. La ninfa de este lago, llamada Salmacis, se enamoró de él al momento, pero al declararle su amor, él la rechazó.
La ninfa, entonces, aparentó resignarse y se ocultó, mientras el joven, seducido por la limpidez del agua, se quitaba el vestido y se zambullía en el lago. Cuando Salmacis lo vio en sus dominios y a su merced, fue hacia él, y lo estrechó en tanto que Hermafrodito se esforzaba inútilmente por soltarse. Ella dirigió una plegaria a los dioses pidiéndoles que jamás pudiesen separarse sus dos cuerpos. Los dioses la escucharon, y los unieron en un nuevo ser, dotado de doble naturaleza. Por su parte, Hermafrodito obtuvo del cielo que quienquiera que se bañase en las aguas del lago Salmacis, perdiese su virilidad. En tiempos del Estrabón se creía aún que el lago poseía esta propiedad.
Con mucha frecuencia, por lo menos en los monumentos figurados, Hermafrodito aparece representado entre los compañeros de Dionisio.
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Escultura de Hermafrodito en el museo del Louvre de París.
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Hermafrodita durmiendo, copia romana del siglo II de un original griego. Restaurado por Bernini en 1620. París, Museo del Louvre.

Seres fabulosos de la mitología griega. Los centauros.


 

Historias de Centauros

Los centauros son una raza de criaturas legendarias de la mitología griega, mitad hombre y mitad caballo, a los que en general se describe como seres con cuerpo y patas de caballo unidos al torso y la cabeza de un hombre.

La mayoría de los escritores griegos consideraban que los centauros eran seres incivilizados, vigorosos, siempre dispuestos a pelear  y proclives a la ebriedad. En la boda de Pirito, rey de los lapitas, una banda de centauros se embriagó e intentó llevarse a la novia y todas las invitadas. En la batalla surgida por esta causa, un gran número de centauros perdió la vida.
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Heracles matando al Centauro, por Giambologna. Florencia.
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Orígenes
El antropólogo de salón y escritor Robert Graves especuló con que los centauros de la mitología griega fueran una reminiscencia de una secta prehelénica que considerase al caballo un tótem. Una teoría parecida aparece en El toro del mar de Mary Renault.
Otras fuentes especulan con la idea de que los centauros provengan de la primera reacción de una cultura que no conociese la equitación, como el mundo egeo minoico, hacia los nómadas que sí montaban a caballo. La teoría señala que tales jinetes parecerían mitad hombres mitad caballos. La cultura de doma y monta de caballos surgió primero en las estepas del sur de Asia Central, quizá aproximadamente en la actual Kazajistán.
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Muchas son las historias que se cuentan sobre el origen de los centauros. Según algunos escritores griegos, los centauros son los hijos de Ixión, padre de Pirito, y la nube ninfa Néfele, que en aquella época había adoptado la forma de Hera, reina de los dioses. Otros aseguran que las criaturas eran descendientes de Centauro, un hijo del dios Apolo, y las yeguas de Magnesia.
Otros pueblos, por su parte, afirman que Zeus es el progenitor de los centauros, a quienes creó cuando, transformado en semental, mantuvo relaciones sexuales con Día, esposa de Ixión.
A pesar de que algunos centauros han destacado por su nobleza, los de naturaleza civilizada fueron una excepción. Cuando Folus, un noble centauro, agasajaba al héroe griego Hércules, no pudo desoír el pedido de vino que le hizo su invitado. Pero en cuanto la botella fue descorchada, otros centauros enloquecieron ante el aroma de la bebida y atacaron a Hércules, quien los ahuyentó con flechas envenenadas.
En griego, los centauros son llamados  Κένταυρος Kentauros, ‘matador de toros’, ‘cien fuertes’, plural Κένταυρι Kentauri; y en latín Centaurus/Centauri). Las versiones femeninas reciben el nombre de centáurides.
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Como la Titanomaquia, la derrota de los Titanes por los dioses olímpicos, las contiendas con los centauros representan la lucha entre la civilización y el barbarismo y es conocida como Centauromaquia.
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Quirón
El centauro más noble fue Quirón, reverenciado por su conocimiento y aptitudes para la medicina. Fue tutor de muchos héroes griegos, entro los que figuran Aquiles, notable guerrero griego que participó en la guerra de Troya; Jasón, líder de los Argonautas en su búsqueda del Vellocino de Oro; y Asclepio, el más famoso médico del mundo griego. Quirón enseñó a su joven discípulo el arte de la cirugía y el uso de medicamentos, encantamientos y pociones.
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Pintura de Pompeya. Quirón dando una clase de música a Aquiles